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Camino Natural Vía Verde del Oja
El viaje que dejó el tren a orillas del río Oja
De los bosques de la Sierra de la Demanda a los viñedos de La Rioja Alta, el Camino Natural Vía Verde del Oja recupera el trazado de un antiguo ferrocarril para descubrir paisajes, patrimonio y sabores a pie o sobre dos ruedas.
Hay caminos que atraviesan un territorio y otros que, de alguna manera, cuentan su historia. El Camino Natural Vía Verde del Oja, pertenece a los segundos. Durante buena parte de sus 26,3 kilómetros, este itinerario sigue las huellas del antiguo ferrocarril conocido popularmente como El Bobadilla. Inaugurado en 1916, este tren conectó durante casi medio siglo los pueblos del valle, transportando en sus años dorados más de 210.000 personas y 34.000 toneladas de mercancías. En enero de 1964 realizó su último viaje, pero hoy las locomotoras han dejado paso a senderistas y ciclistas que buscan descubrir La Rioja Alta a un ritmo pausado.
Ezcaray, y el susurro de la montaña
La antigua estación de Ezcaray marca nuestro punto de partida. Este edificio, construido en 1916, conserva la memoria de aquel ferrocarril a pesar de haber abandonado su función principal para reconvertirse en restaurante.
Desde aquí, el camino se adentra en la Sierra de la Demanda, acompañado por el río Oja, también conocido en estos primeros tramos como Glera.
A medida que Ezcaray queda atrás entre prados y bosques, la ruta regala su primera sorpresa: la ermita de Nuestra Señora de Allende, patrona de Ezcaray. Este edificio barroco del siglo XVIII domina el valle desde la ladera del monte San Torcuato y custodia en su interior un tesoro artístico singular: diez ángeles arcabuceros, armados con arcabuces, procedentes de la escuela del Virreinato del Perú.
Más adelante, el camino descubre los restos de los antiguos hornos de cal, muestra de los aprovechamientos tradicionales de la montaña. Durante siglos, la piedra caliza de las laderas próximas se transformó aquí en cal, utilizada en la construcción y en el encalado de casas, tierras y viñedos.
La ruta se adentra entonces en uno de sus tramos más atractivos, discurriendo entre bosques de hayas, cerezos y fresnos que nos resguardarán en los meses más cálidos. La vegetación proporciona una agradable sombra y el camino mantiene un carácter tranquilo que permite disfrutar del paisaje y de los sonidos de la naturaleza.
Poco después aparecen las primeras casas de Ojacastro. El camino pasa junto a su antigua estación y continúa por un tramo donde todavía se reconocen las obras de ingeniería que exigió el ferrocarril: puentes, trincheras y cambios de nivel en los que resulta fácil imaginar aquel pequeño tren entrando y saliendo del bosque. Además, si tomamos un pequeño desvío, es posible contemplar un antiguo refugio de pastores, una curiosa construcción de piedra ligada al patrimonio ganadero de la zona.
Santo Domingo de la Calzada y el cruce de caminos
Al avanzar hacia Santurde y Santurdejo el bosque pierde protagonismo para dar paso a los campos de cereal, las parcelas de cultivo y las choperas que acompañan al río. A lo largo de la vía, algunas edificaciones ferroviarias abandonadas permanecen como discretos testigos de aquel pasado sobre rieles.
Y entonces aparece Santo Domingo de la Calzada, donde es imprescindible hacer una parada para conectar con otro gran viaje histórico: el Camino de Santiago Francés. Sus calles, plazas, palacios y edificios religiosos recuerdan que, durante siglos, miles de peregrinos cruzaron estas tierras rumbo a Compostela.
Entre todo su patrimonio destaca su catedral, cuya construcción comenzó en 1158. Alberga el sepulcro de Santo Domingo y fue el escenario de una de las leyendas más conocidas de la ruta jacobea: la del gallo y la gallina que cantaron después de asados. El milagro dio lugar al popular dicho: “Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada”, y aún hoy, un gallinero con dos aves vivas en el interior del templo mantiene viva aquella historia.
Bañares y el horizonte de viñedos
De vuelta en el Camino Natural, la ruta recupera su tranquilidad y el paisaje se vuelve más abierto. Los bosques quedan atrás y el itinerario avanza entre cultivos, huertas y antiguas vías de comunicación.
Aquí aparece otra historia mucho más antigua: algunas de las vías que atraviesan estos campos fueron antiguas rutas de trashumancia y otras siguen el trazado de calzadas romanas. Así, en las proximidades de Bañares, encontramos la Colada Calzada de los Romanos, vinculada a las vías que comunicaba distintos territorios de Hispania.
Es difícil precisar el momento exacto en que el paisaje se transforma. Los campos de cereal van cediendo terreno paulatinamente a los verdaderos protagonistas de la zona: los viñedos. Estamos entrando de lleno en la Rioja Alta, una tierra donde el vino no es solo un producto, sino una cultura y una forma de entender el paisaje.
Tras atravesar el entorno agrícola de Castañares de Rioja, el río vuelve a ganar protagonismo al acercarnos a Casalarreina, punto final del Camino Natural Vía Verde del Oja. El itinerario se aproxima a la vegetación de ribera y alcanza el entorno del puente metálico del ferrocarril, muy cercano a otro histórico puente de piedra del siglo XIX.
A pocos metros nos aguarda uno de los grandes tesoros del recorrido: el monasterio de Nuestra Señora de la Piedad. Este impresionante conjunto del siglo XVI combina elementos del gótico isabelino y del Renacimiento plateresco, siendo considerado uno de los monumentos más relevantes de La Rioja. Su fachada principal, concebida como un auténtico retablo en piedra, es su gran seña de identidad.
El monasterio fue consagrado en 1522 por el papa Adriano VI, un hecho histórico que le otorga un lugar destacado en la historia religiosa de España. Hoy en día, el conjunto sigue habitado por religiosas dominicas que mantienen viva una deliciosa tradición: la elaboración artesanal de dulces y repostería.
Sabores que definen un territorio
Es difícil imaginar un final más dulce para un recorrido que atraviesa una tierra donde el buen comer y el buen beber son parte fundamental de la experiencia. Y es que la gastronomía riojana está profundamente ligada a los productos de su huerta, sus legumbres, sus carnes y los platos de cuchara. Y, por supuesto, el vino de Rioja actúa como hilo conductor de un paisaje esculpido por las cepas.
Al final del viaje, resulta inevitable mirar atrás y recordar aquel pequeño tren, “El Bobadilla”, que durante décadas unió estos mismos parajes. Aquellos vagones transportaban personas y mercancías; hoy, quienes recorren su antiguo trazado a pie o en bicicleta transportan algo diferente: la ilusión de viajar despacio, detenerse a contemplar y descubrir la esencia de un territorio único.
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