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Un viaje entre volcanes, viñedos y océano.
Recorrer Lanzarote de norte a sur es mucho más que caminar o pedalear. Es sumergirse en un paisaje único en el mundo, donde la tierra volcánica, el mar y la cultura local dibujan un itinerario inolvidable. El Camino Natural de Lanzarote invita a descubrir la isla lentamente, entre pueblos con alma, tradiciones vivas y escenarios que parecen de otro planeta.
Hay lugares que no se olvidan. Lanzarote es uno de ellos. Y si hay una forma especial de conocerla. Es recorriéndola despacio, sintiendo cada tramo bajo los pies, e, incluso, sobre dos ruedas en gran parte de este mágico recorrido. El Camino Natural de Lanzarote, integrado en el GR-131, atraviesa la isla de norte a sur a lo largo de 71 kilómetros divididos en 5 etapas, conectando el puerto de Órzola con Playa Blanca.
Desde el primer momento, la persona que recorre este Camino Natural entiende que este no es un camino cualquiera. La ruta arranca con la imponente presencia del volcán de La Corona y el paisaje de malpaís, una extensión de lava solidificada que habla del origen volcánico de la isla. Todo ello conforma un conjunto de gran valor geomorfológico y paisajístico, declarado Espacio Natural Protegido, conocido como Monumento Natural de La Corona, con una extensión de casi las 1.800 hectáreas. A medida que se avanza, el entorno cambia sin perder su esencia: valles cultivados, llanuras de arena volcánica, viñedos que desafían el viento y pueblos blancos que conservan intacta su identidad.
Localidades como Haría, conocida como el valle de las mil palmeras, o Teguise, antigua capital de la isla, ofrecen paradas llenas de historia y arquitectura tradicional. La primera, atesora distintos asentamientos prehispánicos, como las Queseras de Bravo, manifestaciones rupestres realizadas en enormes bloques de basalto, mientras que la segunda posee un gran legado arquitectónico liderado por el castillo de Santa Bárbara, actual Museo de la Piratería, la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe y el convento de Santo Domingo.
En el camino también aparecen espacios únicos como el Paisaje Protegido de La Geria, donde el ingenio humano ha creado un sistema de cultivo sorprendente: pequeñas hoyas excavadas en la ceniza volcánica que permiten crecer a la vid y dar lugar al característico vino malvasía. La belleza de este paraje proviene del contraste entre los colores verdosos de las vides y en negro del suelo volcánico.
El contraste es constante. De las llanuras de El Jable, con sus cultivos sobre su peculiar arena -producto de la descomposición de conchas y caparazones de moluscos-, se pasa a los paisajes casi lunares del entorno del Parque Nacional de Timanfaya, donde el fuego moldeó la tierra hace apenas unos siglos. Aquí, el silencio y la inmensidad invitan a parar, mirar y en tender la fuerza de la naturaleza.
Pero el Camino Natural de Lanzarote no es solo paisaje. Es también cultura, tradición y gastronomía. A lo largo del recorrido, es fácil dejarse tentar por la cocina local: papas arrugadas con mojo, quesos de cabra, pescado fresco o un vaso de vino de malvasía al atardecer. Cada parada es una oportunidad para conocer la isla desde dentro, hablar con su gente y descubrir una forma de vida profundamente ligada al territorio.
El legado de figuras como César Manrique también está muy presente. Su visión de una isla en equilibrio entre desarrollo y naturaleza se percibe en cada rincón, especialmente en espacios como su casa-museo en Haría, protegida por un inmenso palmeral. Este antiguo caserío agrícola fue rehabilitado por el artista hilando tradición, naturaleza y modernismo.
A día de hoy es visitable, y su ambiente sereno y acogedor permite al visitante aislarse del mundo exterior y vivir una experiencia única y singular que sin duda le permitirá entender la visión de Manrique.
El tramo final, que encara hacia Playa Blanca, regala vistas abiertas al océano y a la vecina Fuerteventura. Es el broche perfecto a un viaje que combina esfuerzo y emoción, naturaleza y cultura, silencio y descubrimiento.
El Camino Natural de Lanzarote nos invita a vivir la isla de otra manera. Sin prisas, con los sentidos abiertos y con la certeza de que cada paso revela algo nuevo. Porque aquí, entre volcanes dormidos y horizontes infinitos, caminar o pedalear se convierte en una experiencia difícil de olvidar.