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Cultura
Castro de Pico Castello
Sobre la loma que se alza tras el caserío de Castello, perteneciente a la parroquia de Berducedo, se encuentran los restos de un antiguo castro conocido como Pico Castello e identificado como tal el 25 de julio de 1956 por José Manuel González y Fernández-Vallés, afamado arqueólogo asturiano. Este yacimiento está incluido en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias (IPCA) desde el 23 de diciembre del 2013 y en el Catálogo Urbanístico del concejo de Allande, habiendo sido antes añadido al catálogo de castros de 1966.
Los castros fueron un tipo de asentamiento fortificado, entorno a los que se desarrollaron los núcleos poblacionales de los antiguos pobladores proto-astures, desde la Edad de Bronce hasta la llegada de las legiones romanas y el nuevo modelo cultural que trajeron consigo. Tras esto, los castros fueron abandonados y reclamados por la naturaleza, aunque sus emplazamientos siempre fueron de dominio público entre los habitantes de la zona, siendo éstos transmitidos de generación a generación.
Los vecinos de Castello siempre fueron conocedores de los ajuares y utensilios antiguos que podían encontrarse enterrados en el cercano castro. De hecho, la tradición oral rezaba: «En el Castello de frente la Mesa, hay un tesoro. Cavarás en la parte de abajo, de la Baragaña, a la Palomera». Fue así como entre 1932 y 1934 varios aficionados encontraron una arracada de oro con forma de media luna; un tipo de pendiente circular con un adorno colgante, una pieza de lo que podría haber sido un catillus; instrumento de molienda de época romana, y una tegula; teja, junto a otros “fragmentos y cacharros”, según sus propias palabras.
Pese al interés que despertó el descubrimiento de la arracada entre los arqueólogos e historiadores de la época y la voluntad posterior surgida por conservar el castro de Pico Castello, lo cierto es que ya era tarde para el enclave. Durante siglos el castro había sufrido toda serie de calamidades, desde la destrucción de parte de sus defensas por la roturación de la tierra y el establecimiento de caseríos, hasta los saqueos y la erosión sucedida en la ladera. De todas formas, hoy sabemos cómo era el castro original gracias al estudio del terreno. Éste era de planta oval bastante llana, aunque abombada ligeramente en la cima, con unas dimensiones aproximadas de 75 m de largo y 65 de ancho. Su aparato defensivo estaba compuesto por una serie de taludes escalonados y paralelos que debieron extenderse por toda la colina, de los que aún se conservan algunos restos en la parte suroriental del yacimiento. Además, había una destacada línea defensiva que rodeaba el área con una imponente muralla de pizarra. En el extremo sureste, también se encontraba un amplio socavón que se ha interpretado como un pozo utilizado para saqueos o extracción de materiales. Además, algunos estudios sugieren la existencia de posibles estructuras adicionales, como fosos, que cerrarían el flanco suroeste y se conectarían con los taludes del sureste, según se observa en imágenes aéreas.